PUEBLOS ORIGINALES PATAGONICOS

El territorio austral de Chile puede dividirse en dos grandes áreas geográficas con características bastante diferentes. Por un lado está el húmedo mundo de los archipiélagos y canales que se extiende por la vertiente occidental de la cordillera de los Andes, desde la isla de Chiloé hasta el Cabo de Hornos y por otro, la zona esteparia, casi desértica y plana, aledaña al Estrecho de Magallanes e isla grande de Tierra del Fuego. 

El sector costero o de los canales, es una tierra desmembrada, cubierta de espesas selvas, con precipitaciones que en algunos casos superan los 4.000 mm anuales. Ese mundo, de una belleza singularisima y esencialmente acuático, que estuvo habitado por pequeños núcleos de cazadores-recolectores que deambulaban en canoas por este intrincado laberinto de canales en busca de alimento, constituido básicamente por lobos marinos, focas, aves, peces y mariscos. 

Los pueblos de los canales australes o patagónicos estaban divididos en tres grandes grupos étnico-lingüísticos: los Chonos, que habitaban las islas situadas entre el archipiélago de Chiloé y la península de Taitao, los Kawésqar o Alacalufes, entre el Golfo de Penas y el Estrecho de Magallanes y los Yámanas o Yaganes habitantes de las islas al sur de la Tierra del Fuego, canal Beagle y hasta el Cabo de Hornos por el sur. 

Con una organización social extremadamente sencilla, sobrevivieron por cientos -quizás miles- de años en un medio ambiente de extremadamente hostil. Sin embargo, el contacto con el mundo occidental alteró radical y drásticamente su estilo de vida, llevándolos a su extinción como etnias, debido al alcoholismo y al contagio de enfermedades introducidos por el hombre “civilizado” y el genocidio que propiciaron las grandes compañías ovejeras.

Los Chonos desaparecieron en el siglo XVIII, mezclados con los chilotes y sus vecinos más australes, los Kawésqar. Estos últimos sobrevivieron hasta principios del siglo XX, entablando esporádicos contactos con misioneros jesuitas, navegantes ingleses y franceses (piratas, bucaneros y filibusteros, principalmente). El establecimiento de rutas regulares entre Punta Arenas y el centro de Chile y la llegada de loberos chilotes a la zona, desestructuró completamente su estilo de vida. Los Yámanas sufrieron suerte parecida. El temprano establecimiento de una misión anglicana en la región (Ushuaia 1876) que trató infructuosamente de evangelizarlos, aceleró su proceso de transculturización y desintegración. 

En la región del Estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego el paisaje cambia abruptamente para dar paso a extensas llanuras de coirón y gramíneas. Hábitat de camélidos como el guanaco, pequeños roedores y ñandúes. En este mundo de extensas planicies habitaban pueblos contextura robusta, espalda amplias, gran desarrollo toráxico, piernas fuertes -rasgos que facilita la caza terrestre- de gran altura y pies grandes -patagones- organizados como grupos de cazadores-recolectores por su parentesco sanguíneo.

Entre el río Santa Cruz y el estrecho de Magallanes vivían los Aónikenk, el grupo más austral de los Tehuelches, que también poblaron el lado argentino, desde la parte norte de la provincia de Chubut. Eran cazadores de guanacos y ñandúes. La introducción del caballo a fines del siglo XVII transformó su estilo de vida, dotándolos de gran movilidad y nuevas técnicas de caza. La fundación en 1843 del Fuerte Bulnes a orillas del Estrecho de Magallanes –primer enclave de la actual ciudad de Punta Arenas- y su ubicación definitiva en 1849, favorecieron el contacto con exploradores europeos, enfermedades y vicios. La expansión de la ganadería ovina en el último cuarto del siglo XIX, también contribuyo a alterar su modo de vida -igual que a los Selk’nam-  terminando por hacerlos desaparecer del territorio chileno. 

En las planicies de Tierra del Fuego habitaban los Selk’nam u Onas, pueblo de cazadores-recolectores pedestres que ingresaron a la isla al termino del último periodo glacial (10.000 años) cuando esta se encontraba conectada al continente por la primera y segunda angostura del Estrecho de Magallanes. Ellos tuvieron, un más trágico final aún, al ser exterminado por los colonos -británicos, argentinos y chilenos- que se instalaron en la isla a fines del siglo XIX, durante el período de auge de las grandes compañías ovejeras, que llegaron a pagar hasta una libra esterlina por cada Selk’nam, cazado y muerto, lo que era confirmado presentando manos u orejas de las víctimas. 

En 1890, el Gobierno chileno, buscando alternativas para evitar la masacre y exterminio cotidiano a que eran sometidos estos pueblos, cedió -la tristemente recordada- Isla Dawson, en el estrecho de Magallanes, a sacerdotes Salesianos que establecieron allí una misión dotada de amplios recursos económicos para su protección. Los Selk’nam que sobrevivieron al genocidio, fueron deportados a la isla, la que en un plazo de veinte años cerró sus puertas, dejando tras de si, como único vestigio de la existencia de esta etnia, un cementerio donde proliferan silenciosas cruces.

Todos los pueblos de la zona austral, a pesar de la simplicidad de su organización social, mostraban profundas creencias religiosas y ritos de alta complejidad. En ese sentido, distan mucho de ser los “salvajes”, "subhumanos" u otros calificativos despectivos -que hicieron posible exhibirlos en ferias, como animales raros- que pretendían ver los europeos. Incluso más, varios connotados vicealmirantes como: Geen Huygen Schapenham, de la flota holandesa de Jacobus L’Hermitecientíficos emitieron juicios poco indulgentes sobre ellos. El propio Juan Ladrillero -el primero en navegar el Estrecho de Magallanes en ambos sentidos en su viaje de 1557-58 emitiría otro juicio nefasto. El vicealmirante de la Marina Real Británica, Robert Fitz-Roy -pionero de la meteorología, experto navegante e hidrógrafo y gobernador de Nueva Zelanda- que logró fama por haber sido el comandante del HMS Beagle durante el famoso viaje de Charles Darwin alrededor del mundo (1831-1836), no se quedaría atrás, al trasladar a Inglaterra a cuatro jóvenes Yámanas, que calificó como “remedos de seres humanos”. Sin embargo, el que se excedió en sus comentarios fue Darwin -quien formulara las bases científicas la moderna teoría de la evolución-  al señalar: "Jamás había visto, verdaderamente, seres más abyectos ni más miserables”. Tarde se retractaría de sus comentarios... Sus juicios, ya habían hecho eco en otros "científicos" de la época, que no eran ni filibusteros, ni piratas... ni incultos. 

En gran medida, fue la falta de comprensión de una cultura y estas expresiones poco felices, lo que de alguna forma contribuyeron a despoblar las frías tierras australes de sus primeros habitantes.

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