4/9/07

EL NEGOCIO DE LOS PECES GORDOS…

La presencia de cetáceos en aguas costeras y oceánicas chilenas, supera el 50% de la diversidad conocida a nivel mundial (87 especies). Esta incluye ballenas de tres de las principales familias. Todas las especies de la familia de los cachalotes, 19 especies de delfines -algunos endémicos- varias especies de marsopas y abundantemente representada una familia de cetáceos bastante poco conocida, los zífidos. (listado de Orden cetácea).

Durante el último siglo, gran parte de las poblaciones de ballenas fue diezmada a causa de su caza comercial. Una irracionalidad, que entre 1925, año en que se introdujo el primer barco factoría ballenero y 1975, provocó la muerte de más de 1,5 millones de ejemplares. Luego de reiteradas demandas por parte de la comunidad mundial, la Comisión Ballenera Internacional (CBI) aprobó una moratoria para la caza comercial de ballenas, que entró en vigor en 1986. No obstante ello, Japón, Islandia, Noruega y Rusia continúan desarrollando esta actividad. 


Noruega, en una actitud beligerante, ha desobedecido la moratoria de la CBI y continúa con su programa de caza comercial en el Atlántico Norte; mientras Japón –el mayor depredador de los mares- realiza la caza de este cetáceo bajo el nombre de "caza científica", a pesar de que su carne, en Japón, se encuentra con frecuencia en los mercados locales.

Por su parte, Islandia anunció un programa de "caza científica" de tres años sin la aprobación del Comité Científico de la CIB. En los últimos tres años, estos países han aumentado los recursos destinados a sus programas de caza. Además, presionan a la comunidad mundial para lograr que se levante su prohibición, hecho que traería consecuencias devastadoras para estos cetáceos que recién comienzan a recuperarse de la explotación sufrida durante años. 

Desde 1987, Japón ha dirigido su "caza científica" hacia el Antártico, ampliando gradualmente la extensión de sus operaciones, ya sea mediante el aumento de cuotas autoasignadas, como a través de la expansión de sus operaciones hacía otras áreas jurisdiccionales… La "investigación científica” japonesa, no obstante estar sujeta a moratoria, produce jugosas utilidades, que ascienden en la actualidad a los 4 mil millones de yenes al año. 

De las once mil ballenas azules que hoy sobreviven en el mundo -1 a 2% de las que existieron- en el océano Pacífico austral existirían alrededor de 9.000 ejemplares y de ellas, cerca de 250-300 utilizarían el golfo del Corcovado, al sur de Chiloé –Patagonia Chilena norte- como estación migratoria, donde vienen a alimentarse y criar a sus ballenatos. 

Ello bien lo sabe el científico Rodrigo Hucke-Gaete, biólogo marino de Valdivia y Coordinador general del Proyecto ballena Azul en Chile, quien desde el 2003, cuando realizó el hallazgo, ha impulsado la iniciativa de crear aquí una zona costera protegida para preservar a estos animales -los más grandes que han existido en el planeta- que siguen en peligro de extinción. 

Tal es el interés que ha concitado este hallazgo, que varios empresarios y decenas de ONGs -entre ellas la WWF, una de las más grandes a nivel mundial- están haciendo lobby para que el gobierno de Chile se decida a firmar un decreto que establezca un área de protección de 51.000  kilómetros cuadrados.

La presidenta, Michelle Bachelet, apoyó el proyecto. En julio pasado, el Senado respaldo la iniciativa y aprobó casi por unanimidad el plan, solicitando al gobierno que agilice el trámite legislativo para crear, definitivamente un área protegida -que para muchos es prioritaria- pues Chile tiene una enorme cantidad de costas -8.000 kilómetros- y una aún mas grande biodiversidad acuática que proteger. 

Aun con la creación de un área protegida, es un tema complejo de consensuar cuando hay intereses tan disimiles en juego. Primero, porque el área de protección solicitada esta muy próxima a la zona de influencia de dos poderosos ecoinversionistas. El Parque Tantauco de Sebastián Piñera, ubicado un poco al sur de Quellón, donde comienzan las 115 mil hectáreas que compró al millonario norteamericano Jeremiah Henderson en 2002 y por otro lado –en el área continental- esta el mayor parque privado del país (300.000 hectáreas) el Parque Pumalín, de otro norteamericano, Douglas Tompkins.  

La contra parte del debate -que es otro tipo de empresa, aunque no menos rentable- la constituyen los empresarios salmoneros que utilizan regularmente el área para transportar alimentos e incluso han solicitado concesiones en el golfo, para los cuales, “las restricciones que se decreten en esta área, pudiesen afectar el desarrollo de su industria”, como lo declarara Rodrigo Infante de Salmón Chile. No obstante ello, están dispuestos crear una fundación que aglutine a empresarios, ecologistas, inversionistas, científicos y hombres públicos en pro de la defensa de este paraíso ecológico… Todos, al menos en su declaración de intensiones, están dispuestos a sentarse a una mesa de negociaciones, para consensuar una organización que de garantías de que el modelo en operación, no desnaturalizará este patrimonio. 

Hasta hace cinco años, como señala la periodista Paula Comandari en articulo de la revista “Qué pasa”, “el golfo del Corcovado pasaba inadvertido”. “Pero hoy, diferentes actores lo miran con ojos atentos”. El lugar, derechamente, se ha transformado, no sólo en el delirium tremens de la población local, que saca cuentas alegres a costa de los beneficios económicos que pudiesen obtenerse del avistamiento de la ballena azul, sino también, de la comunidad internacional, que olfatea un buen negocio... 

Pero, el avistamiento de ballenas en la zona –señala Comandari- también ha desencadenado otros efectos: los diversos terrenos del sector, donde pudiesen construirse algunos complejos turísticos  hoy tienen precios exorbitantes. Jeremías Henderson -el mismo que le vendió el terreno a Piñera- está ofreciendo la isla San Pedro en US$ 6 millones. Otras más pequeñas -como Yencouma y Mauchil, de 200 y 39 hectáreas, respectivamente- ya tienen precio: US$ 2 millones y US$ 1,2 millón. Quien este dispuesto a comprar a esos valores, definitivamente, están pensando en el nuevo escenario que se avecina en el Corcovado y un rentable negocio,  para muchos “la nueva mina de oro del sur de Chile”de la mano de los peces gordos.

La zona ha despertado el apetito o voracidad de varios actores. No sólo por que el lugar se ha transformado en uno de los destinos más solicitados por los turistas -que llegan allí por la pesca, la observación de la flora y fauna, trekking, navegación por los canales, visita a los glaciares- sino también, porque el avistamiento de ballenas es una actividad cada vez más cotizada y rentable en el mundo, que se suma a la pujante actividad pesquera, la solmonicultura, miticultura y extracción de productos del mar, que trasformo a esta pequeña localidad -Quellón- en una prospera ciudad de mas de 30.000 habitantes, en poco mas de dos décadas. 

Dentro del turismo de intereses especiales, la observación de ballenas ha sido la que más ha crecido. Ya en 1991 cerca de 4 millones de personas participaban de esta actividad. Al término de la década las cifras aumentaron a más de 10 millones y el negocio a nivel mundial genera cientos de millones de dólares anuales… Una experiencia, por la cual, la gente está dispuesta a pagar altas sumas de dinero. De hecho, en Magallanes, una de las tres áreas protegidas que existen en Chile, la empresa "Whalesound" ofrece un paquete turístico centrado en las ballenas, donde por tres días se cobra US$ 700 por persona. Y las cifras hablan por si solas. Sin ir muy lejos, en Puerto Madryn en Argentina, sólo el avistamiento de estos animales genera más de US$ 60 millones anuales. En Ecuador, durante el mes de Septiembre, presenciar el apareamiento de las ballenas en aguas cálidas de alta mar, es todo un clásico, una verdadera peregrinación anual -un boom desde 1992- con similares resultados económicos.  

Más allá de los intereses económicos que pudiesen conspirar para definir un área de protección y la creación de un marco regulador para la observación de cetáceos; debe prevalecer una normativa que este inspirada en la sensatez y el sentido común de las partes; de tal modo que se pueda garantizar, tanto la efectiva conservación de las poblaciones de cetáceos, como la continuidad y desarrollo de actividades productivas sustentables. Pero también señalar que, si no se educa a la población, el avistamiento de cetáceos en aguas del Golfo u otras áreas marítimas nacionales, será historia en breve tiempo… Solo un recuerdo de nuestra incivil e inculta forma de hacer ecoturismo… Por ello, reiterar una vez más que no trasgredamos y contaminemos el hábitat de estos pacíficos gigantes, que a pesar de su tamaño, no dañan a nadie… Si se hacen bien las cosas, la observación de cetáceos puede ser el pilar fundamental de una sólida “industria turística” y contribuir decididamente al crecimiento social y económico, favoreciendo un ambiente de mayor redistribución y equidad para su población.


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